
Llévame Al Altar
Llévame y no precisamente vestida de novia, solos tú y yo; en aquella inmensidad de un suburbio espiritual. Con ansias y no de casarnos, sino de hacer lo que para muchos es pecado, ese acto tan perfecto que tanto es de mi agrado.
Sé que en la iglesia lo que más piden es piedad, pero yo te pido que sin piedad me desnudes y me empapes de placer, al recorrer con tus labios cada rincón y parte de mi cuerpo, que tus manos toquen y acaricien mis partes sensibles, que con tus dedos toques mi sexo y hagas que bajen lo fluidos que me hacen sentir en este lugar donde Dios será el único testigo. Dios y una niña, una inocente que está a punto de presenciar el pecado más grande así designado desde la edad media.
Sumisa y discreta ella está ahí, vestidita con una falda de blue jean y un top rojo carmín, con su celular en la mano, con esa mirada perdida, buscando refugio en aquel lugar que le enseñaron que era sagrado y que siempre estaría segura. Contempla el principio de aquella escena con gran asombro y curiosidad. La niña observa, la niña escucha.
No quiero que me hagas el amor, quiero que enloquezcas y me causes un dolor tan profundo que se convierta en satisfacción. Tampoco quiero que me respetes, hoy sólo veme como tu objeto sexual, que tus instintos animales sean los que te guíen al tomar mi cuerpo como si yo te perteneciese, quiero que lo hagas con ganas de devorarme pero a la vez sea divino, agresivo pero pausado, muerde, araña y acaricia deja que tus ideas mas oscuras se conviertan en tu imaginación. Quiero que tu mirada sea tan penetrante que me haga rezar, y en esos rezos sólo pediré ser tuya. Tuya, tuya al punto de formar parte de ti, de sentir lo que sientes, de hacer realidad lo que piensas, no solamente quiero ser tuya, quiero ser tu servidora, quiero ser tu hacendosa sexual.
Ante tanto salvajismo no vas a poder identificar lo que sientes, y cuando te percates de lo que sucede, será tanto el placer que no te va a importar que hasta el cura de la iglesia te proporcione ese sentir, suena a locura, suena a aberración sexual; pero a mí me huele a sexo, me huele a placer, me huele a ti y a mí, es un olor inexplicable que demuestra nuestro sentir, nuestro pedir y todo esto mientras yo me estimulo viéndote gemir.
A esta altura la niña está emocionada, ha estado observando algo que en doce años jamás había visto, trata de imitarme; ella se toca su senos bastantes desarrollados para su edad, hace que sus pezones se pongan duros, tiesos; se sube lentamente la falda, se estimula el clítoris con desenfreno y desesperación, sus hormonas en conjunto con su cuerpo le piden más, ella siente ese vació por dentro, se estremece de tanto tocarse, siente un éxtasis de otro mundo. Se descontrola y agarra su celular, lo chupa y se lo mete a la boca como yo lo hago contigo, y luego se lo va introduciendo poco a poco en sus adentros, ella está empapada al igual que yo, pero ella es virgen, su dolor es infernal, pero el placer que siente es diferente y atractivo para ella.
No sabes ni como sucedió, fue tan rápido todo; quedaste hipnotizado con mis besos, con mis caricias, con mi cuerpo, adoras tocarme, lamerme y morderme cada parte de mi sápido cuerpo, probar cada fluido de mi ser, ese néctar preciado que todos anhelan tener; pero ahí estamos el cura tú y yo, quien poco a poco fue olvidando aquellos principios eclesiásticos que rigen su vida y se dejo llevar por su instinto carnal que le aclamaba unirse y sentir los placeres sexuales que hacen que la vida de los hombres tenga sentido, estábamos a punto de experimentar una fantasía a los ojos de “DIOS”, una sensación de miedo e intriga que nos invade pero que nos excita.
Jamás pensaste que esto iba a suceder, tu y un cura proporcionándose placer en un lugar que a entender de todos es un lugar sagrado y amerita respeto, pero hoy nada es sagrado, hoy no existe el respeto entre una cosa u otra, todo es sencillo pero a la vez apoteósico.
Piensas que eres un hombre y debes detener tal acto, pues si no tu hombría se pondría en duda dejándote penetrar y satisfacer por un ser de tu misma sexualidad y además toda una santidad, pero es tanta la divinidad del momento que no hay orientación sexual que valga, porque tanto uno como el otro esta desorientado en tiempo y espacio, ya que es el placer y las hormonas quienes están dominando el momento, al sentir tanto placer desbordado en la atmósfera, tanto que si los santos hechos en yeso que adornan la iglesia tuviesen vida se unirían a tal orgía.
Quieres más, mueres por observarme al tocarme, tu corazón y tu orificio rectal se contraen y dilatan al son de tu respiración, al tono de mi gemido y al esbozo de mi grito sensorial. Todo se puede resumir en una mezcla de dolor y placer, de creer y no creer y de odiar y odiar más aún. Sí, odiar; ese sentimiento que nos lleva a lastimar al otro, lastimarlo de tal forma q nos pida a grito ser lastimado sin compasión, sin piedad alguna. A veces preferimos morir estimulando nuestros más débiles sentidos de manera libre y quizás vulgar, a vivir haciéndolo discretamente.
Yo confieso ante Dios Todopoderoso que he pecado mucho, por mi culpa, por mi culpa, por mi grandiosa culpa hoy estamos aquí, haciendo despertar nuestros sentidos sexuales y que sean ellos los que hagan que nuestras emociones hagan que olvidemos nuestras distinciones de ideologías religiosas al encontrarse una pareja de pecadores y un sacerdote en tal acto magistral para nosotros. También es cierto que nunca he sido muy religiosa, sin embargo antes tus estímulos y los azotes del cura, nombré entre gritos y gemidos todos los santos habidos y por haber.
Ver la imagen de Cristo crucificado es una tentación que me lleva a simular una crucifixión, en donde mi boca y mi órgano sexual son el destino de aquellos clavos. Esos clavos que intensifican el dolor al penetrarme, al estar en mí. Incrústenme sus escarpias, háganme suya, no se detengan a pensar si es suficiente, si es poco o si es demasiado, nunca hay excesivo placer.
La niña ya no siente dolor, sólo siente placer, emociones encontradas, deseos de seguir, pero siente una contracción vaginal que no puede explicarse, mucho placer, demasiadas sensaciones juntas, la niña queda exhausta, se chupa sus deditos mojaditos en sus propios fluido y siente que prueba el sabor de la victoria.
Grito, me desespero, enloquezco, me excito, me humedezco. Tomo el micrófono para exclamar sonidos que los exciten a ustedes dos cada vez más, y en eso la mirada del cura delata su petición, así que tú querido mío me arrebatas el micrófono y lo empapas en mi cáliz sagrado, ese fluido tan mojado, tan caliente que florece a partir de tus estimulaciones, penetraciones y sorbidas; para introducirlo en lo más profundo del sacerdote. Mientras yo te penetro con mi lengua muy cerca de tu punto G, si ese lugar tan mítico entre tus testículos y tu ano, ese tejido débil carnal al que no muchos están dispuestos a ceder como parte del ritual.
Cada rincón de la iglesia fue escenario de nuestra vil presentación. Noto un acto algo extraño pero que luego comprendí. Ambos me cargaron hasta ponerme sobre la copa donde usualmente va el vino. Los dos proceden a penetrar mis dos fuentes placenteras inferiores a la vez; logrando así que acabara sobre la singular copita, mientras ustedes lo hacían simultáneamente en ella también. Luego propongo un brindis por el éxito de la noche; donde los tres fuimos para uno y esta copa para los tres. ¡Salud!
ANDREA GONZÁLEZ